Daniel Suárez, ayudante de máquina

Después de 19 años de trabajar en la imprenta dice que le cambió la vida y que le gustaría poder retribuir a la gente del barrio todo el apoyo que les dieron “por eso va a ser una gran satisfacción que se concreten pronto los proyectos del centro de salud, que se está gestionando y abrir el centro cultural”. Además, Daniel destaca que no sólo ellos han podido mantener la fuente de trabajo, sino que hay más personas alrededor, desde el que hace las planchas para imprimir hasta el fletero.

Jorge Luján

El es peruano y fue el último ingresante que quedó, entró en el año ´96. “Ahora la tendencia es buena, pero no es fácil llevar esto. Hay que ver qué controles tienen las cooperativas, creo que deben tenerlos al igual que cualquier otra empresa, para saber qué problemas tiene el obrero que viene a ser ahora como un poco más allegado, no digo dueño, porque hasta que no se pague esto le pertenece a otro. Para poder repuntar en la imprenta hay que cambiar algunos conceptos, escuchar varias campanas. Creo que se debe apuntar ahora al trabajo de arte porque es más comercial, la situación del país no ayuda, pero poquito a poquito se puede. Falta arriesgar, me parece”.
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Manuel Basualdo

Tiene 21 años de antigüedad. Es el encargado de encuadernación, “La verdad es que fue duro todo lo que pasamos. La familia apoyó, durante mucho tiempo no llevábamos una moneda a la casa. Ahora hay que ver qué pasa. Lo más importante es que podamos seguir”.
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Walter Basualdo

El hijo de Manuel, lleva menos de seis meses en la imprenta y recuerda como muy duros los tiempos en que su padre no cobraba y luego la toma, el intento de desalojo “no quiero imaginar lo mal que la pasaron ellos, pero ahora me fijo en los demás jóvenes que buscan trabajo y no consiguen y pienso que tengo que estar contento. Yo me conformaba con que trabajara mi viejo, porque una persona desocupada no anda bien en nada, pero gracias a Dios hoy tenemos laburo los dos”. Agradece a Daniel la generosidad con que le enseña su trabajo y confiesa que le empieza a gustar el oficio. Qué mejor que retribuir a la contención familiar que tuvieron dando empleo al hijo de un compañero, ésa fue la decisión de la asamblea para incorporar a Walter y también a su tocayo, el hijo de Aníbal, que estudia arquitectura y en sus vacaciones junta unos pesos en la imprenta. Es maestro mayor de obra y tiene mucha experiencia en albañilería, por lo cual se convirtió en un valioso colaborador en la puesta a punto del centro cultural, “en mi familia”, relata, “en esos meses de la toma estábamos muy nerviosos, así que mi viejo no nos contaba mucho, cuando vino la policía nos enteramos por la televisión. Pero ahora está todo bien”.
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Aníbal Figueroa

Hace 27 años que está en la imprenta. “Soy una especie de comodín. Conozco todas las partes de este oficio. Pasé momentos muy difíciles, justo en el ´99 me nació una hija discapacitada, estuve dos años en que no cobraba o cobraba en vales. Cuando tuve el problema de la nena, ni siquiera me querían dar las vacaciones y me descontaban el día. Yo sería un desocupado, por la edad, porque no hay trabajo, porque tengo un problema de columna, sería un muerto en vida, un marginado. En la época en que tuvimos problemas hasta mis vecinos me ayudaron, yo no tenía ni para el micro, aparte mi hijo estaba en la facultad, tuvo que dejar. El ahora viene en vacaciones a ayudar acá”.

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